La primavera es el demonio vestido de rosado.  Son pétalos hechos de navajas afiladas que cubren las formas rugosas de los árboles y ahogan a las hojas nacientes, son disparos a quemarropa en la nariz.

La primavera es bipolar. Nos acaricia con sus rayos cálidos para luego azotarnos con látigos de hielo, hace que nuestras almas traten de escaparse por donde puedan, por la nariz, por la boca.

La primavera es un martirio, es ambigua, es terrible. Son gotas de ácido en los corazones solitarios, exceso de azúcar para los acompañados y agridulce néctar para los que empiezan.

La primavera es snob. Mira por encima del hombro a quienes no son correspondidos, los patea y obliga a quedarse en un rincón, refregándoles su desdicha; el círculo de ganadores de la primavera tiene como recompensa pétalos de azúcar flor, nubes de algodón dulce, lluvia de agua de menta. Y como un cuadro al lado del otro se distinguen, arrinconados unos, iluminados los otros, claroscuro.

El demonio de rosado, ¿o un ángel de alas negras?